Por Mirko Lauer
Nos espera un futuro autoritario? La estadística histórica dice que sí. Lo mismo sugiere la relación entre el reclamo de derechos/libertades y el cumplimiento de deberes. El peligro tiene más que ver con la demografía que con las posiciones ideológicas sobre el tapete: la informalidad avanza más rápido que la institucionalización, y eso es decisivo.
Pero antes de asustarnos es importante tener una definición de lo autoritario. La más vigente parece consistir en la percepción de la aplicación de las leyes como un abuso del poder del Estado. En otras palabras, lo que está en crisis es la idea misma de autoridad democrática, que es vista como una suerte de traición a la libertad de actuar.
Sin embargo la autoridad que no es democrática no tiene el mismo problema: nueve años más tarde una proporción enorme de las encuestas mantiene un buen recuerdo del autoritarismo golpista de los años 90, e interrogada da a entender que esa simpatía es precisamente porque “había autoridad”, en el sentido de un orden conveniente.
Este gobierno ha hecho esfuerzos por avanzar en dirección de una mano más dura, pero manteniendo el respeto por la institucionalidad democrática. La combinación da la impresión de no estar funcionando: el gesto de autoridad es percibido como prepotencia, y el institucionalismo es visto como debilidad. Es decir lo peor de los dos mundos.
Pero quizás estos ya no son problemas de este gobierno, sino del siguiente. Esto en el entendido de que los problemas de un control social democrático se van a seguir agravando como hasta ahora. El eslabón débil en la cadena de la llamada gobernabilidad es cómo evitar la llegada de un orden entendido como una semi-dictadura de la mayoría.
Sería un error asociar esa semi-dictadura con las ideas que pasan por ser de izquierda en la región. Darles a todos lo que reclaman en los plazos que ellos exigen es un lujo que ninguna posición del espectro ideológico se puede permitir desde el gobierno. El dinero puede posponer la hora de los loros, pero nunca indefinidamente.
A lo anterior debe sumarse que la libertad de hacer reclamos sociales legítimos en una democracia coexiste en el tiempo, y a veces también en el espacio, con un clima de libertades para la práctica del delito. Lo segundo va erosionando la legitimidad de lo primero, y sirviendo de argumento adicional para cualquier autoritarismo.
Hay, pues, un panorama de autoritarismos populares, antipopulares e impopulares. A nadie le preocupa mucho cuando alguno de ellos está lejos, pero vivir con ellos (o más bien bajo ellos) es otro asunto. Por eso es tan importante valorar y aprovechar las libertades cuando ellas están al alcance, y hacerlas durar lo más posible.
LA REPUBLICA
Nos espera un futuro autoritario? La estadística histórica dice que sí. Lo mismo sugiere la relación entre el reclamo de derechos/libertades y el cumplimiento de deberes. El peligro tiene más que ver con la demografía que con las posiciones ideológicas sobre el tapete: la informalidad avanza más rápido que la institucionalización, y eso es decisivo.
Pero antes de asustarnos es importante tener una definición de lo autoritario. La más vigente parece consistir en la percepción de la aplicación de las leyes como un abuso del poder del Estado. En otras palabras, lo que está en crisis es la idea misma de autoridad democrática, que es vista como una suerte de traición a la libertad de actuar.
Sin embargo la autoridad que no es democrática no tiene el mismo problema: nueve años más tarde una proporción enorme de las encuestas mantiene un buen recuerdo del autoritarismo golpista de los años 90, e interrogada da a entender que esa simpatía es precisamente porque “había autoridad”, en el sentido de un orden conveniente.
Este gobierno ha hecho esfuerzos por avanzar en dirección de una mano más dura, pero manteniendo el respeto por la institucionalidad democrática. La combinación da la impresión de no estar funcionando: el gesto de autoridad es percibido como prepotencia, y el institucionalismo es visto como debilidad. Es decir lo peor de los dos mundos.
Pero quizás estos ya no son problemas de este gobierno, sino del siguiente. Esto en el entendido de que los problemas de un control social democrático se van a seguir agravando como hasta ahora. El eslabón débil en la cadena de la llamada gobernabilidad es cómo evitar la llegada de un orden entendido como una semi-dictadura de la mayoría.
Sería un error asociar esa semi-dictadura con las ideas que pasan por ser de izquierda en la región. Darles a todos lo que reclaman en los plazos que ellos exigen es un lujo que ninguna posición del espectro ideológico se puede permitir desde el gobierno. El dinero puede posponer la hora de los loros, pero nunca indefinidamente.
A lo anterior debe sumarse que la libertad de hacer reclamos sociales legítimos en una democracia coexiste en el tiempo, y a veces también en el espacio, con un clima de libertades para la práctica del delito. Lo segundo va erosionando la legitimidad de lo primero, y sirviendo de argumento adicional para cualquier autoritarismo.
Hay, pues, un panorama de autoritarismos populares, antipopulares e impopulares. A nadie le preocupa mucho cuando alguno de ellos está lejos, pero vivir con ellos (o más bien bajo ellos) es otro asunto. Por eso es tan importante valorar y aprovechar las libertades cuando ellas están al alcance, y hacerlas durar lo más posible.
LA REPUBLICA



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