Por: Mariella Balbi
Durante cerca de 20 años he pasado por la puerta de la magnífica casona barranquina Rosell Ríos y en alguna oportunidad pude conocer los interiores. Magnífica, de divina arquitectura, es el símbolo de una época donde la estética —a diferencia de hoy— merecía más. Pese a todo su valor, estaba en ruinas y esto iba in crescendo. Cada vez que la veía me asaltaba un sentimiento de culpa por no hacer nada para que la desidia y el desinterés por el patrimonio no ganaran la partida. La tarea se veía titánica e imposible. Sabido es que la impotencia genera disgusto y angustia. Ya en el último tiempo la pequeña cúpula de la entrada se desplomaba, pero no había salida alguna. Un verdadero agobio.
De pronto, la vemos en pleno proceso de restauración y aunque está bastante herida, los trabajos que está haciendo Casa Cor para recuperarla no solo muestran una restauración honesta sino que lograrán devolverla a su belleza original. Barranco es un municipio de pocos recursos y la casa Rosell Ríos pertenece a un buen grupo de herederos, cosa que dificultaba su rescate. Sin embargo, los sucesivos burgomaestres nunca le regalaron ni siquiera una capa de pintura al agua. ¿Saber que está en buenas manos nos da esperanza de que sea posible poner en valor tanta casa preciosa y con historia que hay en Lima?
Con pesar, creo que no. “He regresado después de un año”, dijo un amigo catalán, “y tengo mucha angustia porque han destruido muchas cosas bonitas”. A los alcaldes no parece importarles y a estas alturas el cemento que ha corrido bajo el puente es algo difícil de revertir. Al tratar de buscar el porqué de la indiferencia de la gente que se supone tiene cultura, se concluye que luchar contra la municipalidad es el infierno sin aire acondicionado, una hormiga contra un tiranosaurio, exige tiempo y dedicación. La otra razón es que las clases altas o ilustradas de Lima no se identifican con su ciudad, llegan a su cuadra y con las justas. Prefieren eximirse de esa tarea, van poco al Centro de Lima y la historia de su país les es indiferente. Afortunadamente surgió la fórmula de Casa Cor, si la memoria no me falla ya van tres casonas restauradas impecablemente. El reto es que esta manera de operar llegue al Rímac, a Barrios Altos, al Centro de Lima, a Santa Beatriz, a la avenida Arequipa, a lo poquito que queda en Barranco, Chorrillos y Miraflores, una alcaldía tenazmente cementera. ¿Será así?
EL COMERCIO
Durante cerca de 20 años he pasado por la puerta de la magnífica casona barranquina Rosell Ríos y en alguna oportunidad pude conocer los interiores. Magnífica, de divina arquitectura, es el símbolo de una época donde la estética —a diferencia de hoy— merecía más. Pese a todo su valor, estaba en ruinas y esto iba in crescendo. Cada vez que la veía me asaltaba un sentimiento de culpa por no hacer nada para que la desidia y el desinterés por el patrimonio no ganaran la partida. La tarea se veía titánica e imposible. Sabido es que la impotencia genera disgusto y angustia. Ya en el último tiempo la pequeña cúpula de la entrada se desplomaba, pero no había salida alguna. Un verdadero agobio.
De pronto, la vemos en pleno proceso de restauración y aunque está bastante herida, los trabajos que está haciendo Casa Cor para recuperarla no solo muestran una restauración honesta sino que lograrán devolverla a su belleza original. Barranco es un municipio de pocos recursos y la casa Rosell Ríos pertenece a un buen grupo de herederos, cosa que dificultaba su rescate. Sin embargo, los sucesivos burgomaestres nunca le regalaron ni siquiera una capa de pintura al agua. ¿Saber que está en buenas manos nos da esperanza de que sea posible poner en valor tanta casa preciosa y con historia que hay en Lima?
Con pesar, creo que no. “He regresado después de un año”, dijo un amigo catalán, “y tengo mucha angustia porque han destruido muchas cosas bonitas”. A los alcaldes no parece importarles y a estas alturas el cemento que ha corrido bajo el puente es algo difícil de revertir. Al tratar de buscar el porqué de la indiferencia de la gente que se supone tiene cultura, se concluye que luchar contra la municipalidad es el infierno sin aire acondicionado, una hormiga contra un tiranosaurio, exige tiempo y dedicación. La otra razón es que las clases altas o ilustradas de Lima no se identifican con su ciudad, llegan a su cuadra y con las justas. Prefieren eximirse de esa tarea, van poco al Centro de Lima y la historia de su país les es indiferente. Afortunadamente surgió la fórmula de Casa Cor, si la memoria no me falla ya van tres casonas restauradas impecablemente. El reto es que esta manera de operar llegue al Rímac, a Barrios Altos, al Centro de Lima, a Santa Beatriz, a la avenida Arequipa, a lo poquito que queda en Barranco, Chorrillos y Miraflores, una alcaldía tenazmente cementera. ¿Será así?
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