HACIA EL ÉXITO CON BASE EN EL DIÁLOGO
Por: Juan Incháustegui*
Que la democracia haya sido ingeniosa y expresivamente calificada por Winston Churchill como la peor forma de gobierno excepto todas las otras, sugiere a nuestro parecer de manera indirecta y genial cuán difícil es para cualquier colectividad encontrar una forma de organizarse que alcance la satisfacción de los gobernados.
Podría inferirse también en conexión con dicha expresión que la democracia será menos mala y por tanto aceptable si la mayoría de los ciudadanos encuentra atendidos sus derechos y siente que puede satisfacer sus necesidades y sus aspiraciones, en medida suficiente. Y para ello el Gobierno tendrá que lograr un nivel de eficacia que alcance por lo menos a cumplir tales expectativas.
Esta suerte de ecuación, que es sin duda una búsqueda permanente de equilibrio entre demanda y atención, es lo que falló en Bagua, cuando los peruanos nativos de esa zona no se sintieron satisfechos ni atendidos, sino por el contrario usurpados en sus derechos territoriales que, por su concepción de vida, vienen a ser precisamente los derechos esenciales para su existencia.
Naturalmente esa supuesta usurpación no era tal, pero sí la imagen que ellos tenían de las acciones del Gobierno.
Y la razón de dicha deformación fue, de un lado, un manejo incompetente e irrespetuoso del Gobierno, que cometió una suma de flagrantes errores al no explicar y difundir sus proyectos — traducidos en decretos legislativos — y ni siquiera aceptar los pedidos de diálogo de los nativos.
Del otro lado, hubo un aprovechamiento sesgado y perverso de fuerzas políticas y sociales opositoras que sí desarrollaron una labor de difusión de sus versiones, dirigidas a impedir cualquier proyecto de desarrollo, por muy racional y sostenible que fuera.
Lamentablemente ahora, después de la tragedia vivida, nos encontramos en un vacío de planes y de acciones por parte del Gobierno, que además no ha tenido en el mensaje del presidente de la República, del 28 de julio pasado, una atención ni un tratamiento adecuados.
Ni siquiera se han expresado las condolencias del caso con propiedad, es decir, de manera clara y específica. Menos se ha expuesto un análisis de las causas de los sensibles sucesos ni de las medidas que se adoptarán, para dialogar con equidad y proyectarse así hacia una democracia eficaz.
Se ha hablado solamente de orden, como si el desorden fuera la verdadera causa eficiente del problema, cuando más bien es resultado de ineficiencia e ineficacia.
Es preciso recordar que la única forma de ejercer la democracia con proyección hacia el éxito es con base en el diálogo y la concertación permanentes: una democracia gobernante es una democracia dialogante.
No puede haber imposiciones ni se pueden soslayar los valores ancestrales de las comunidades y de los diversos grupos ciudadanos por mucho que el origen del Gobierno sea absolutamente legítimo y basado en elecciones democráticas, y si no existe una participación que empieza por el diálogo. Si no se dialoga, la democracia deviene ineficaz y, por ende, resulta frágil y finalmente vulnerable.
Pero a su vez el diálogo, para ser eficaz, debe ser equitativo, especialmente en la información. Es decir, requiere que las partes dialogantes estén igual y suficientemente informadas.
Eso es precisamente lo que ha venido faltando en muchos de los intentos de diálogo sostenidos hasta ahora.
Si queremos alcanzar una democracia eficaz, que sea menos mala que todas las otras formas de gobierno, tenemos que dialogar. Y para que ese diálogo sea fructífero tenemos que compartir información y ser transparentes. Esa es la tarea del Gobierno en la hora presente.
(*) Ex ministro de Energía y Minas
EL COMERCIO
Por: Juan Incháustegui*
Que la democracia haya sido ingeniosa y expresivamente calificada por Winston Churchill como la peor forma de gobierno excepto todas las otras, sugiere a nuestro parecer de manera indirecta y genial cuán difícil es para cualquier colectividad encontrar una forma de organizarse que alcance la satisfacción de los gobernados.
Podría inferirse también en conexión con dicha expresión que la democracia será menos mala y por tanto aceptable si la mayoría de los ciudadanos encuentra atendidos sus derechos y siente que puede satisfacer sus necesidades y sus aspiraciones, en medida suficiente. Y para ello el Gobierno tendrá que lograr un nivel de eficacia que alcance por lo menos a cumplir tales expectativas.
Esta suerte de ecuación, que es sin duda una búsqueda permanente de equilibrio entre demanda y atención, es lo que falló en Bagua, cuando los peruanos nativos de esa zona no se sintieron satisfechos ni atendidos, sino por el contrario usurpados en sus derechos territoriales que, por su concepción de vida, vienen a ser precisamente los derechos esenciales para su existencia.
Naturalmente esa supuesta usurpación no era tal, pero sí la imagen que ellos tenían de las acciones del Gobierno.
Y la razón de dicha deformación fue, de un lado, un manejo incompetente e irrespetuoso del Gobierno, que cometió una suma de flagrantes errores al no explicar y difundir sus proyectos — traducidos en decretos legislativos — y ni siquiera aceptar los pedidos de diálogo de los nativos.
Del otro lado, hubo un aprovechamiento sesgado y perverso de fuerzas políticas y sociales opositoras que sí desarrollaron una labor de difusión de sus versiones, dirigidas a impedir cualquier proyecto de desarrollo, por muy racional y sostenible que fuera.
Lamentablemente ahora, después de la tragedia vivida, nos encontramos en un vacío de planes y de acciones por parte del Gobierno, que además no ha tenido en el mensaje del presidente de la República, del 28 de julio pasado, una atención ni un tratamiento adecuados.
Ni siquiera se han expresado las condolencias del caso con propiedad, es decir, de manera clara y específica. Menos se ha expuesto un análisis de las causas de los sensibles sucesos ni de las medidas que se adoptarán, para dialogar con equidad y proyectarse así hacia una democracia eficaz.
Se ha hablado solamente de orden, como si el desorden fuera la verdadera causa eficiente del problema, cuando más bien es resultado de ineficiencia e ineficacia.
Es preciso recordar que la única forma de ejercer la democracia con proyección hacia el éxito es con base en el diálogo y la concertación permanentes: una democracia gobernante es una democracia dialogante.
No puede haber imposiciones ni se pueden soslayar los valores ancestrales de las comunidades y de los diversos grupos ciudadanos por mucho que el origen del Gobierno sea absolutamente legítimo y basado en elecciones democráticas, y si no existe una participación que empieza por el diálogo. Si no se dialoga, la democracia deviene ineficaz y, por ende, resulta frágil y finalmente vulnerable.
Pero a su vez el diálogo, para ser eficaz, debe ser equitativo, especialmente en la información. Es decir, requiere que las partes dialogantes estén igual y suficientemente informadas.
Eso es precisamente lo que ha venido faltando en muchos de los intentos de diálogo sostenidos hasta ahora.
Si queremos alcanzar una democracia eficaz, que sea menos mala que todas las otras formas de gobierno, tenemos que dialogar. Y para que ese diálogo sea fructífero tenemos que compartir información y ser transparentes. Esa es la tarea del Gobierno en la hora presente.
(*) Ex ministro de Energía y Minas
EL COMERCIO



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