22.2.10

Las vacas y el liberalismo

Matanza de vacas. Las miro subidas al camión que las lleva a la muerte. Me conmuevo. ¿Por qué los animales me tocan tan de cerca?
Fui un niño sin límites que podía ser cruel con los animales. Fui un adulto lo suficientemente preocupado por mí mismo como para no entender nada que fuera de veras importante.
Pero si en algún sentido mejoré, si en algún sentido adquirí algunos valores que me permitieron avanzar, fue aprendiendo a amar a los animales.
Ni “los éxitos logrados” ni los “reconocimientos” que me dieron, ni el cariño inexplicable de mucha gente, ni los artículos o libros que pude publicar, ni el pantallazo de la tele y su notoriedad de cartón y espejismo, nada, digo, fue más importante que mi educación sentimental respecto de los animales.
Amo a los animales, entre otras cosas, por su desamparo. Los amo más por su indefensión que por su belleza. Y es que también hay mucho de bello en esa vulnerabilidad, en esa dependencia que, a veces, llega a ser trágica.
Los animales son vida concentrada y sin remilgos, fuerza que no hace preguntas, lealtad que no duda. Son la vida que no piensa en la muerte. Su tiempo eterno es el presente, su fe consiste en durar, su plenitud es latir.
Y para mí, en la gradación de mis querencias, detrás de los perros están las vacas. Amo a las vacas porque las condenamos como a muchos hombres: siendo inocentes.
No hay en las vacas una sola malicia. Son lentas y enormes y te miran con bondad y te lamen sin cálculo y, cuando han parido o van a parir, la tetamancia les cuelga como una bolsa suiza de lactancia.
No son territoriales sino masivas, comen como en un internado y tienen la mansedumbre de la hierba santa y la paciencia de algunas jubiladas.
Mirándonos con sus ojos agradecidos -como si nos debieran algo-, las vacas no saben lo que es prisa y aprueban lo que les toca emitiendo un tono de tuba.
La preñez, como se sabe, las hace más hermosas y aún más plácidas y pronuncia las venas de sus vientres como si fueran aquellas matronas y señoras que Federico Fellini ponía en las casas del pecado.
Y así están las señoras vacas pastando en el desayuno, almorzando forraje, siendo leche, las vacas y sus mandíbulas siempre en movimiento, las vacas que un día desaparecen y son llevadas en camiones al matadero.
Así estaban las vacas, predispuestas sin saberlo a la hamburguesa, hasta que unos canallas decidieron subirles la ración de liberalismo y de mercado.
Esa dieta, que aceleraba la tasa de retorno y hacía más suculenta la ganadería, fue la famosa harina cárnica, es decir polvo de cementerio, bovino molido, escarcha de cadáver.
Y las vacas no sabían que comían vacas, residuos cadavéricos de abuelos y amistades.
Entonces apareció el prión de la encefalitis espongiforme y pasó a la cadena alimenticia. Y de allí al hombre. Y cuando Bruselas prohibió el consumo de esos forrajes esqueléticos, Gran Bretaña, la cuna de la enfermedad, los exportó. Porque así es Gran Bretaña muchas veces, pregúntenle a Ghandi.
Y cuando cundió el pánico, entonces Bruselas decidió que debían morir cientos de miles de vacas, millones de vacas infectadas de avaricia humana.
Empezaron a matarlas como el hombre mata a las vacas: en serie y con denuedo.
Y allí se las podía ver a las señoras vacas mirando por la rendija del camión que las llevaría a la muerte. Mirando con sus ojos marrones claros, tratando de mirar por entre la nube negra que dejaba el camión petrolero. Ajenas a la inmundicia de los hombres, servidoras públicas jamás reconocidas, más puras que nunca.
Como decía, nada cambió más intensamente mi vida que amar, sin condición alguna, a los animales. Que acercarme un poco a su grandeza. Que compartir su luz.
Sé que muchos miserables -empezando por Hitler- pudieron y pueden querer intensamente a sus perros, gatos, peces o caballos.
Pero si es cierto que hubo y hay infames que podrían desacreditar el amor por los animales, tampoco tengo dudas de que nadie debería emparejarse con alguien que es capaz de patear a un perro, aplaudir a un torero, cazar por deporte, ponerse una chinchilla alrededor del cuello y, en fin, suponer -como suponen todos los imbéciles- que el hombre es el rey de la creación.


C.H

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