Por: Hugo Guerra
Querido lector, cubrir la información de la crisis política en Honduras ha sido una experiencia sensacional.
Inopinadamente he regresado a la cancha del reporterismo internacional después de veintitantos años y reconozco que hoy los equipos de prensa son “high tech”. Las grandes cadenas mediáticas desplazan grupos monstruosos en cuanto al número de periodistas, asistentes, técnicos y sofisticadísimos equipos. CNN, por ejemplo, ha desplegado a una élite que puede cubrir las noticias on line en muchos puntos de manera simultánea… mientras otros tienen que ingeniárselas corriendo de un lado para otro cámara y grabadora en ristre. Pero competencia es competencia.
Las crisis no existen si los medios no prestan atención. Honduras literalmente no existía hasta antes del domingo último, cuando se produjo el golpe de Estado contra el presidente Mel Zelaya. Pero, estallado el escándalo que nos devuelve a tiempos de dictaduras y repúblicas bananeras, el lente mediático inmediatamente hurga hasta debajo de la imaginaria alfombra nacional de los hondureños.
En los años 80 cubrir los conflictos centroamericanos, seguir a la guerrilla y ver morir a inocentes en aras de sus ideales, era una tarea hasta cierto punto romántica. Hoy, cuando ya no hay télex que picar, ni telefonemas que despachar artesanalmente, una laptop con acceso a Internet, una cámara digital y un celular pueden hacer que un David se las vea con un Goliat transnacional.
Sin embargo, ahora como ayer el reto mayor es informar con honestidad, ética y valores morales para reportar de la manera más objetiva posible el drama de millones de personas simples que, a su manera, luchan por la autodeterminación de su patria.
Al ver las informaciones de ciertas cadenas noticiosas creo que el producto final no siempre es bueno. Las imágenes exclusivas pueden resultar asombrosas, pero hay mucho sesgo. Transitar por el malhadado “espectáculo de la noticia” lleva inevitablemente al escándalo, el amarillismo y, cómo no, a la fábrica impune de noticias.
El sesgo es también ideológico. La prensa hace diplomacia pública, guste o no. Su impacto sobre millones de personas y líderes de opinión alrededor del mundo le confiere un poder increíble. Y eventualmente el interés económico y político puede influir poniendo prismas sutiles. La propia ideología de los reporteros y hasta sus emociones hacen que la información tenga un matiz más azul o más rojo, por decirlo breve y apurado. Mas esa es la realidad íntima del periodismo, buen lector, y que sirva esta oportunidad para compartir con usted una renovada experiencia profesional. Ojalá, además, que por encallecida que esté nuestra alma, los periodistas nunca olvidemos que nuestra materia prima son las personas de carne y hueso que, como en esta ocasión, confían en que nuestro trabajo sirva para salvar vidas y reconstruir puentes que lleven a la democracia.
SAN JUAN DE PUERTO RICO, JULIO DEL 2009
EL COMERCIO
Querido lector, cubrir la información de la crisis política en Honduras ha sido una experiencia sensacional.
Inopinadamente he regresado a la cancha del reporterismo internacional después de veintitantos años y reconozco que hoy los equipos de prensa son “high tech”. Las grandes cadenas mediáticas desplazan grupos monstruosos en cuanto al número de periodistas, asistentes, técnicos y sofisticadísimos equipos. CNN, por ejemplo, ha desplegado a una élite que puede cubrir las noticias on line en muchos puntos de manera simultánea… mientras otros tienen que ingeniárselas corriendo de un lado para otro cámara y grabadora en ristre. Pero competencia es competencia.
Las crisis no existen si los medios no prestan atención. Honduras literalmente no existía hasta antes del domingo último, cuando se produjo el golpe de Estado contra el presidente Mel Zelaya. Pero, estallado el escándalo que nos devuelve a tiempos de dictaduras y repúblicas bananeras, el lente mediático inmediatamente hurga hasta debajo de la imaginaria alfombra nacional de los hondureños.
En los años 80 cubrir los conflictos centroamericanos, seguir a la guerrilla y ver morir a inocentes en aras de sus ideales, era una tarea hasta cierto punto romántica. Hoy, cuando ya no hay télex que picar, ni telefonemas que despachar artesanalmente, una laptop con acceso a Internet, una cámara digital y un celular pueden hacer que un David se las vea con un Goliat transnacional.
Sin embargo, ahora como ayer el reto mayor es informar con honestidad, ética y valores morales para reportar de la manera más objetiva posible el drama de millones de personas simples que, a su manera, luchan por la autodeterminación de su patria.
Al ver las informaciones de ciertas cadenas noticiosas creo que el producto final no siempre es bueno. Las imágenes exclusivas pueden resultar asombrosas, pero hay mucho sesgo. Transitar por el malhadado “espectáculo de la noticia” lleva inevitablemente al escándalo, el amarillismo y, cómo no, a la fábrica impune de noticias.
El sesgo es también ideológico. La prensa hace diplomacia pública, guste o no. Su impacto sobre millones de personas y líderes de opinión alrededor del mundo le confiere un poder increíble. Y eventualmente el interés económico y político puede influir poniendo prismas sutiles. La propia ideología de los reporteros y hasta sus emociones hacen que la información tenga un matiz más azul o más rojo, por decirlo breve y apurado. Mas esa es la realidad íntima del periodismo, buen lector, y que sirva esta oportunidad para compartir con usted una renovada experiencia profesional. Ojalá, además, que por encallecida que esté nuestra alma, los periodistas nunca olvidemos que nuestra materia prima son las personas de carne y hueso que, como en esta ocasión, confían en que nuestro trabajo sirva para salvar vidas y reconstruir puentes que lleven a la democracia.
SAN JUAN DE PUERTO RICO, JULIO DEL 2009
EL COMERCIO




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