2.7.09

Uribe

Hoy se cumple un año de la ‘Operación Jaque’, con la que el Ejército colombiano propinó el 2 de julio de 2008 el más duro golpe a las FARC en sus 45 años de historia y permitió el rescate, sin un solo disparo, de 15 de sus más preciados rehenes, entre ellos (la malagradecida) Ingrid Betancourt. Y por eso suscribimos con puntos y comas la columna de Ricardo Sánchez Serra en las páginas centrales de la edición de hoy respecto al presidente de Colombia, Álvaro Uribe. Solo añadiremos algunos comentarios sobre esta rara avis de la política latinoamericana, porque pocas veces hemos visto un mandatario que tenga las cosas tan claras. Ayer, por ejemplo, defendió sin medias tintas el principio de la “no intervención” externa ante la crisis política en Honduras, horas antes de una sesión extraordinaria de la OEA sobre el tema.
“El respeto a la no intervención debe ser a todas las horas, frente a todos los casos, no puede ser sesgado, no puede ser en este caso no intervención, en este caso sí intervención”, dijo Uribe a la prensa tras un discurso en el Centro Woodrow Wilson. Y por si a alguien le quedaban dudas, añadió: “Cuando se viola el principio de la intervención se crean enormes dificultades políticas en el país intervenido, (debe) respetarse la determinación democrática de cada pueblo”.


Valiosa lección de coraje y consecuencia frente a esa dictadura “políticamente correcta” que trata de imponer su doble rasero y sus sesgados criterios como si fueran las Tablas de la Ley. Un coraje que por cierto también dejó de manifiesto Uribe cuando, en un acto de legítima defensa que en su momento aplaudimos, ordenó el bombardeo de un campamento de las FARC en Ecuador, donde se refugiaban los narcoterroristas tras perpetrar sus fechorías. Chávez y Correa se hicieron los gallitos, pero cuando les tocó estar cara a cara con Uribe a los pocos días de la operación, éste los cuadró en magistral discurso y el petrodictador y su sacasillas se convirtieron en mansos corderitos.

El colombiano es la clase de estadista que la región necesita. Un demócrata a carta cabal, partidario de la economía de mercado, que sabe muy bien la diferencia entre apaciguamiento y pacificación. No en vano la progresía latinoamericana lo detesta: encarna todo aquello que quiere destruir. Pero lo cierto es que en este continente plagado de populistas hace falta más gente de la talla de Uribe y menos demagogos como Chávez, Morales, Ortega, Kirchner y otros impresentables.

¿Y nuestro Uribe dónde está? Faltan dos años para las próximas, cruciales elecciones peruanas (en las que se decidirá si continuamos en la ruta del progreso o regresamos a las cavernas del estatismo) y no lo vemos ni por asomo. ¿Habrá que ir como Diógenes por las calles en pleno día, con la lámpara encendida, diciendo “Busco un líder”?

CORREO

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