Aunque la exposición del plan de gobierno del nuevo jefe del Gabinete, Javier Velásquez Quesquén, ha merecido el voto de confianza del Congreso, esto debe entenderse más como una formalidad y un acuerdo básico sobre los planteamientos generales.
En mucho, solo repitió lo dicho por el presidente Alan García en su mensaje de Fiestas Patrias. Ello pudo deberse a la cercanía entre ambas intervenciones, pero dejó pasar la gran oportunidad de explicar cómo se concretarían los lineamientos generales en cada sector estatal.
Obviamente, la reacción ciudadana sobre el discurso es negativa o dada a la suspicacia. Y no solo por la mala comunicación del Gobierno, sino también por lo que se percibe como falta de transparencia e interés para trabajar y poner al Estado al servicio de los pobladores.
En síntesis, cómo hacer para que cada peruano sienta que el Ejecutivo está haciendo todo lo que puede y debe para superar los niveles de pobreza, afrontar seriamente la crisis económica y financiera internacional que indudablemente nos afecta y fortalecer las posibilidades de salir del subdesarrollo.
Hay que recordar que este aparente divorcio entre gobernantes y gobernados es, precisamente, la causa principal de los numerosos conflictos sociales, sobre lo cual no se ha mencionado cómo se va a sistematizar el diálogo e involucrar a otras entidades como la Defensoría del Pueblo en la prevención y solución.
Esto es muy distinto de los programas de apoyo social, que si bien apuntan a un objetivo loable, tampoco tienen un esquema organizado y claro, más aun cuando sigue pendiente la reingeniería y fusión de los mismos. Las coordinaciones con los gobiernos regionales y locales, que manejan las dos terceras partes del presupuesto estatal, deben merecer igualmente mayor atención.
Y el nuevo programa de núcleos ejecutores carece aún de directivas precisas que aseguren su eficacia y eviten la duplicidad de funciones o, peor aun, la corrupción. ¿Cómo se coordinarán y ejecutarán planes, presupuestos y quién los fiscalizará?
En lo económico, es vital incrementar los niveles de inversión pública, pero también la calidad de la misma. Tampoco se puede perder de perspectiva que el desarrollo de cualquier país resulta principalmente del dinamismo del sector privado. Pero se da la reveladora circunstancia de que, paralelamente al mensaje del Gabinete, el ministro de Economía y Finanzas tuvo que anunciar, casi al mismo tiempo, la urgencia de reorientar el plan de estímulo económico, debido a los baches en varias instancias.
Estas omisiones, entre las que también deben incluirse la inseguridad ciudadana y la continuidad de la reforma del Estado y la carrera pública, deben ser analizadas objetivamente por el presidente García y por el jefe del Gabinete.
Nada debe depender del humor, el voluntarismo o la improvisación, lo que obliga a replantear, cuanto antes, las metas y el modo de abordar, aquí y ahora y en cada sector, los serios problemas que agobian al país. Cada ministro debe saber hacia dónde y cómo actuar, como corresponde al sistema democrático, mientras que la ciudadanía tiene que contar con mecanismos para participar y fiscalizar la acción pública de modo permanente.
EL COMERCIO
En mucho, solo repitió lo dicho por el presidente Alan García en su mensaje de Fiestas Patrias. Ello pudo deberse a la cercanía entre ambas intervenciones, pero dejó pasar la gran oportunidad de explicar cómo se concretarían los lineamientos generales en cada sector estatal.
Obviamente, la reacción ciudadana sobre el discurso es negativa o dada a la suspicacia. Y no solo por la mala comunicación del Gobierno, sino también por lo que se percibe como falta de transparencia e interés para trabajar y poner al Estado al servicio de los pobladores.
En síntesis, cómo hacer para que cada peruano sienta que el Ejecutivo está haciendo todo lo que puede y debe para superar los niveles de pobreza, afrontar seriamente la crisis económica y financiera internacional que indudablemente nos afecta y fortalecer las posibilidades de salir del subdesarrollo.
Hay que recordar que este aparente divorcio entre gobernantes y gobernados es, precisamente, la causa principal de los numerosos conflictos sociales, sobre lo cual no se ha mencionado cómo se va a sistematizar el diálogo e involucrar a otras entidades como la Defensoría del Pueblo en la prevención y solución.
Esto es muy distinto de los programas de apoyo social, que si bien apuntan a un objetivo loable, tampoco tienen un esquema organizado y claro, más aun cuando sigue pendiente la reingeniería y fusión de los mismos. Las coordinaciones con los gobiernos regionales y locales, que manejan las dos terceras partes del presupuesto estatal, deben merecer igualmente mayor atención.
Y el nuevo programa de núcleos ejecutores carece aún de directivas precisas que aseguren su eficacia y eviten la duplicidad de funciones o, peor aun, la corrupción. ¿Cómo se coordinarán y ejecutarán planes, presupuestos y quién los fiscalizará?
En lo económico, es vital incrementar los niveles de inversión pública, pero también la calidad de la misma. Tampoco se puede perder de perspectiva que el desarrollo de cualquier país resulta principalmente del dinamismo del sector privado. Pero se da la reveladora circunstancia de que, paralelamente al mensaje del Gabinete, el ministro de Economía y Finanzas tuvo que anunciar, casi al mismo tiempo, la urgencia de reorientar el plan de estímulo económico, debido a los baches en varias instancias.
Estas omisiones, entre las que también deben incluirse la inseguridad ciudadana y la continuidad de la reforma del Estado y la carrera pública, deben ser analizadas objetivamente por el presidente García y por el jefe del Gabinete.
Nada debe depender del humor, el voluntarismo o la improvisación, lo que obliga a replantear, cuanto antes, las metas y el modo de abordar, aquí y ahora y en cada sector, los serios problemas que agobian al país. Cada ministro debe saber hacia dónde y cómo actuar, como corresponde al sistema democrático, mientras que la ciudadanía tiene que contar con mecanismos para participar y fiscalizar la acción pública de modo permanente.
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