Por Augusto Álvarez Rodrich
alvarezrodrich@larepublica.com.pe
Crónica de un desastre anunciado en el sur chico
Pocas fechas tan tristes para el país –y bochornosas para el gobierno– como este sábado en que se cumplen dos años del terremoto que ocasionó muchas muertes y severos daños materiales en Pisco, Chincha e Ica, así como un efecto devastador en la percepción de la capacidad de gestión del estado peruano.
Dicha tragedia perfiló una oportunidad singular para que el gobierno se luciera con una reconstrucción ejemplar. La zona del desastre está a solo entre 200 y 300 km de Lima, la carretera permite transportar con rapidez la ayuda y materiales, y su economía regional es una de las más dinámicas del país.
Asimismo, el tremendo susto que se pegaron los limeños por haber sentido el terremoto en toda su intensidad –pero sin muerte ni daño material– generó un profundo sentimiento de solidaridad y deseo de ayudar a los hermanos del sur chico.
Así, había dinero, ganas y facilidades para realizar una reconstrucción ejemplar. Dos años después, sin embargo, el avance conseguido perfila un mamarracho vergonzoso y proyecta la sensación de que el gobierno hubiera tirado la toalla.
El proceso empezó mal, con un Forsur estilo ‘privado’ que no pudo engancharse con el sector público, obligando al relevo de su dirigencia, pero luego las cosas tampoco mejoraron. Dos años después del terremoto, muchas zonas siguen estando igual a como estaban al mes del sismo. El drama que vive su gente por la falta de vivienda, luz y agua solo es comparable al desastre de la gestión pública que manejó el problema.
Cuando más urgente era una respuesta que diera alivio al sur chico y fuera motivo de orgullo para todos los peruanos, lo que hubo fue falta de liderazgo, incompetencia, insensibilidad, arrogancia, parsimonia, desconexión entre los gobiernos central, regional y local, e incapacidad de enmienda oportuna.
Hasta ahora, incluso, el régimen –a través del presidente Alan García– está más interesado en culpar a las administraciones regionales y locales en lugar de reconocer, con humildad y autocrítica, que el liderazgo de esta singular exhibición de incompetencia –de todos– le pertenece al gobierno central.
Otros en el gobierno han dicho, incluso, que la revelación de los ‘petroaudios’ dificultó la reconstrucción de los hospitales, en lo que parece una defensa del ‘roba pero hace obra’.
Lo ocurrido justifica la protesta que desde hoy se realizará en el sur chico: la gente tiene derecho a expresar su rabia. El gobierno, por su parte, debe evaluar las razones de su fracaso, y aplicar la corrección para que el tercer aniversario del terremoto, el 15 de agosto de 2010, sea una oportunidad para celebrar, y que el próximo desastre natural –donde toque– nos agarre mejor preparados.
LA REPUBLICA
alvarezrodrich@larepublica.com.pe
Crónica de un desastre anunciado en el sur chico
Pocas fechas tan tristes para el país –y bochornosas para el gobierno– como este sábado en que se cumplen dos años del terremoto que ocasionó muchas muertes y severos daños materiales en Pisco, Chincha e Ica, así como un efecto devastador en la percepción de la capacidad de gestión del estado peruano.
Dicha tragedia perfiló una oportunidad singular para que el gobierno se luciera con una reconstrucción ejemplar. La zona del desastre está a solo entre 200 y 300 km de Lima, la carretera permite transportar con rapidez la ayuda y materiales, y su economía regional es una de las más dinámicas del país.
Asimismo, el tremendo susto que se pegaron los limeños por haber sentido el terremoto en toda su intensidad –pero sin muerte ni daño material– generó un profundo sentimiento de solidaridad y deseo de ayudar a los hermanos del sur chico.
Así, había dinero, ganas y facilidades para realizar una reconstrucción ejemplar. Dos años después, sin embargo, el avance conseguido perfila un mamarracho vergonzoso y proyecta la sensación de que el gobierno hubiera tirado la toalla.
El proceso empezó mal, con un Forsur estilo ‘privado’ que no pudo engancharse con el sector público, obligando al relevo de su dirigencia, pero luego las cosas tampoco mejoraron. Dos años después del terremoto, muchas zonas siguen estando igual a como estaban al mes del sismo. El drama que vive su gente por la falta de vivienda, luz y agua solo es comparable al desastre de la gestión pública que manejó el problema.
Cuando más urgente era una respuesta que diera alivio al sur chico y fuera motivo de orgullo para todos los peruanos, lo que hubo fue falta de liderazgo, incompetencia, insensibilidad, arrogancia, parsimonia, desconexión entre los gobiernos central, regional y local, e incapacidad de enmienda oportuna.
Hasta ahora, incluso, el régimen –a través del presidente Alan García– está más interesado en culpar a las administraciones regionales y locales en lugar de reconocer, con humildad y autocrítica, que el liderazgo de esta singular exhibición de incompetencia –de todos– le pertenece al gobierno central.
Otros en el gobierno han dicho, incluso, que la revelación de los ‘petroaudios’ dificultó la reconstrucción de los hospitales, en lo que parece una defensa del ‘roba pero hace obra’.
Lo ocurrido justifica la protesta que desde hoy se realizará en el sur chico: la gente tiene derecho a expresar su rabia. El gobierno, por su parte, debe evaluar las razones de su fracaso, y aplicar la corrección para que el tercer aniversario del terremoto, el 15 de agosto de 2010, sea una oportunidad para celebrar, y que el próximo desastre natural –donde toque– nos agarre mejor preparados.
LA REPUBLICA




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