15.9.09

Sin un poco de ayuda de mis amigos

Al año exacto del colapso de Lehman Brothers, es evidente que el mundo recién se está sacudiendo del impacto. A diferencia de la última recesión del 2001, de la cual el mundo salió rápido, y en 24 meses estábamos en el ciclo más expansivo de la economía global en 30 años, en esta ocasión la magnitud del golpe, tanto financiero como fiscal, es tal que tomará algunos años de crecimiento moderado corregir el daño.

Eso implica que no debemos esperar la misma suerte que tuvimos del 2004 en adelante, con un fuerte crecimiento mundial convirtiéndose nuevamente en la locomotora que lleve nuestra economía a gran velocidad. Ahora, para recuperar el dinamismo, tendremos que trabajar y no esperar ayuda de nuestros amigos.

Para empezar, las señales son alentadoras. Se ha recobrado en parte la confianza empresarial y seguimos siendo la estrella de la región. Además, los mercados están dispuestos a financiar tanto al Tesoro como a proyectos.

Asimismo, a diferencia de otros países, el deterioro de la cartera bancaria ha sido mínimo y los niveles de consumo no han colapsado. Finalmente, la inversión extranjera continúa entusiasmada.

Sin embargo, esta base no va a traducirse en un fuerte crecimiento mientras no echemos a andar el coche privado. El Gobierno debería asumir que le queda solo un año para poder implementar todas las mejoras que tiene en agenda, no esperar ni un día más, y actuar con sentido de urgencia. Para ello, es fundamental eliminar trabas, bajar aranceles, promover inversiones en infraestructura y flexibilización laboral entre otros.

Por otro lado, es evidente, desde hace meses, una campaña en contra de la inversión privada de grupos políticos desesperados por salvar de la extinción al estatismo. Aunque lo preocupante en este caso es que, desde hace un tiempo, los gremios empresariales se han hecho a un lado y no parecen interesados en defender la inversión frente a la demagogia.

Así que el mayor riesgo que tenemos en la actualidad es la complacencia. Por un lado, un gobierno que confía en que la inversión vendrá aunque no implemente reformas y, por otro lado, una dirigencia del sector privado que no quiere enfrentar el ataque a la inversión. Creo que si ambos no cambian de actitud, nos podemos llevar desagradables sorpresas.

PERU 21

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