NO MÁS PARCHES EN LA REPRESENTACIÓN POLÍTICA
Por: Roberto Abusada Economista
Al contrario de lo que postuló Marx, en el Perú la economía está, en gran medida, determinada en la esfera política. Y es en esta esfera donde, a mi juicio, radican las principales dificultades para llevar adelante políticas públicas que fomenten el progreso material de país. Todos hemos sido testigos de cómo solo en pocas semanas muchos han pasado del optimismo al desánimo. Los sucesos de Bagua y de Sicuani, los bloqueos constantes de la Carretera Central, el narcoterrorismo en el VRAE, las sospechas de actos de corrupción y las interferencias ministeriales en el trabajo de Pro Inversión para la promoción de inversión privada son los factores que han conspirado para modificar el otrora auspicioso escenario.
En el fondo, estos hechos son los síntomas de un problema más profundo: el desfase entre la liberalización económica y la liberalización política. La falta de legitimidad y representatividad de las autoridades democráticas; en resumen, la distancia entre gobernantes y pueblo, ha generado desconfianza en el sistema. A falta de interlocutores válidos, la protesta callejera, el desorden y la violencia han sustituido al diálogo democrático. Creo que el presidente García se ha percatado de ello y por eso en su discurso de Fiestas Patrias propuso una reforma para atenuar esa carencia de representatividad que el pueblo adscribe a sus representantes. La renovación de la mitad del Congreso a medio período presidencial es parte de su modesta receta. La otra consiste en la instauración de la segunda vuelta para la elección de autoridades regionales y municipales, cuando ningún candidato alcance un tercio de los votos válidos para otorgarle así mayor legitimidad a quien resulte elegido.
La iniciativa presidencial toma solo una parte de la reforma electoral integral, propuesta tozudamente desde ya hace más de cuatro años por el secretario general del partido Adelante, el ex senador Rafael Belaunde. Pero la reforma propuesta por el presidente es solamente un parche al ineficaz y poco democrático sistema electoral vigente y, por tanto, resulta insuficiente.
Lo que a mi juicio se requiere es adoptar una reforma profunda que incluya, como propone Belaunde, la instauración de 120 distritos uninominales, en la que cada conjunto importante de ciudadanos pueda en los hechos conocer y votar a un representante de entre aquellos más cercanos a cada electorado. Como alguna vez escribió el propio Belaunde sobre los vicios del actual sistema: “En el llamado Congreso Constituyente Democrático, elegido en distrito electoral único, e instalado en 1993, 45 de los 120 congresistas provenían de cuatro distritos de Lima: San Isidro, San Borja, Miraflores y La Molina. El Perú tiene más de 1.900. La representatividad, pues, resulta inversamente proporcional al tamaño de la circunscripción y las posibilidades de elección, directamente proporcionales al grosor de la billetera”.
Los distritos uninominales permitirían que valiosos y verdaderos líderes locales representen a la población más próxima, generándose un Parlamento más democrático y de mayor calidad. Las listas de candidatos —fuente de corrupción partidaria— quedarían eliminadas y se limitaría la informalidad en la política que representan los manipulables frentes de defensa.
La valla instaurada en las últimas elecciones generales es, igualmente, otro parche que trata de sustituir a la tanto más eficaz y limpia reforma que propone Belaunde de instaurar la segunda vuelta en la elección para el Parlamento. Y es eficaz porque permite al presidente elegido gobernar con una mayoría y no con la actual diseminación de fuerzas que favorece la componenda y el transfuguismo.
La instauración del voto voluntario (o la eliminación de la multa por no votar) es otro aspecto clave de la reforma. El voto es un derecho y constituye un contrasentido que sea al mismo tiempo una obligación.
Para acabar con el desdén con que hoy la población percibe la democracia y a la clase política, es vital y a contrapelo de lo que buscan las cúpulas partidarias adoptar una reforma profunda para —como propone Belaunde— “solucionar los problemas de la democracia con más democracia”.
EL COMERCIO
Por: Roberto Abusada Economista
Al contrario de lo que postuló Marx, en el Perú la economía está, en gran medida, determinada en la esfera política. Y es en esta esfera donde, a mi juicio, radican las principales dificultades para llevar adelante políticas públicas que fomenten el progreso material de país. Todos hemos sido testigos de cómo solo en pocas semanas muchos han pasado del optimismo al desánimo. Los sucesos de Bagua y de Sicuani, los bloqueos constantes de la Carretera Central, el narcoterrorismo en el VRAE, las sospechas de actos de corrupción y las interferencias ministeriales en el trabajo de Pro Inversión para la promoción de inversión privada son los factores que han conspirado para modificar el otrora auspicioso escenario.
En el fondo, estos hechos son los síntomas de un problema más profundo: el desfase entre la liberalización económica y la liberalización política. La falta de legitimidad y representatividad de las autoridades democráticas; en resumen, la distancia entre gobernantes y pueblo, ha generado desconfianza en el sistema. A falta de interlocutores válidos, la protesta callejera, el desorden y la violencia han sustituido al diálogo democrático. Creo que el presidente García se ha percatado de ello y por eso en su discurso de Fiestas Patrias propuso una reforma para atenuar esa carencia de representatividad que el pueblo adscribe a sus representantes. La renovación de la mitad del Congreso a medio período presidencial es parte de su modesta receta. La otra consiste en la instauración de la segunda vuelta para la elección de autoridades regionales y municipales, cuando ningún candidato alcance un tercio de los votos válidos para otorgarle así mayor legitimidad a quien resulte elegido.
La iniciativa presidencial toma solo una parte de la reforma electoral integral, propuesta tozudamente desde ya hace más de cuatro años por el secretario general del partido Adelante, el ex senador Rafael Belaunde. Pero la reforma propuesta por el presidente es solamente un parche al ineficaz y poco democrático sistema electoral vigente y, por tanto, resulta insuficiente.
Lo que a mi juicio se requiere es adoptar una reforma profunda que incluya, como propone Belaunde, la instauración de 120 distritos uninominales, en la que cada conjunto importante de ciudadanos pueda en los hechos conocer y votar a un representante de entre aquellos más cercanos a cada electorado. Como alguna vez escribió el propio Belaunde sobre los vicios del actual sistema: “En el llamado Congreso Constituyente Democrático, elegido en distrito electoral único, e instalado en 1993, 45 de los 120 congresistas provenían de cuatro distritos de Lima: San Isidro, San Borja, Miraflores y La Molina. El Perú tiene más de 1.900. La representatividad, pues, resulta inversamente proporcional al tamaño de la circunscripción y las posibilidades de elección, directamente proporcionales al grosor de la billetera”.
Los distritos uninominales permitirían que valiosos y verdaderos líderes locales representen a la población más próxima, generándose un Parlamento más democrático y de mayor calidad. Las listas de candidatos —fuente de corrupción partidaria— quedarían eliminadas y se limitaría la informalidad en la política que representan los manipulables frentes de defensa.
La valla instaurada en las últimas elecciones generales es, igualmente, otro parche que trata de sustituir a la tanto más eficaz y limpia reforma que propone Belaunde de instaurar la segunda vuelta en la elección para el Parlamento. Y es eficaz porque permite al presidente elegido gobernar con una mayoría y no con la actual diseminación de fuerzas que favorece la componenda y el transfuguismo.
La instauración del voto voluntario (o la eliminación de la multa por no votar) es otro aspecto clave de la reforma. El voto es un derecho y constituye un contrasentido que sea al mismo tiempo una obligación.
Para acabar con el desdén con que hoy la población percibe la democracia y a la clase política, es vital y a contrapelo de lo que buscan las cúpulas partidarias adoptar una reforma profunda para —como propone Belaunde— “solucionar los problemas de la democracia con más democracia”.
EL COMERCIO




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