UNA PELEA DE FONDO
Por: Fernando Vivas Periodista
Llegué a creer que la bronca entre Meche Cabanillas y Jorge del Castillo era una leyenda urbana que ambos, sometidos a la voluntad popular, no querían desairar con un no rotundo ni confirmar de plano quitándole el encanto de lo ambiguo. Por eso, cada que Meche dice que no pero sí alucina al “Tío George”, este, maestro del mensaje entrelíneas, le corresponde negando a medias el desafecto.
Sin embargo, hay demasiados episodios que confirman que detrás de este vals criollo de mutua hipocresía, sí hay una pelea auténtica entre dos formas de (mal) entender la política: En una esquina, la aprista extrema que brega y complota con cualquier arma a su alcance para que su partido y su fe evangélica no retrocedan ni un centímetro, sin temer que oposición y opinión pública la lapiden en el intento. En la otra esquina, está el negociador con todo grupo de poder económico y bombero de incendios sociales, cuya ubicuidad lo llevó hasta a meter sus narices en medio de un “lobby” que fue un “faenón” y, recientemente, a aspirar las toxinas de la negra chimenea de Doe Run.
El último “death match” de estas “celebrities”, Meche sin ensueños versus el afable “Tío George”, se dio algunos días atrás cuando ambos se disputaron la cabeza de la Comisión de Constitución, allí donde se visan las propuestas legislativas más sensibles. Ganó Meche pero hoy Del Castillo estará riendo con las portadas que arremeten contra ella y hasta le ponen boina chavista por su iniciativa de debatir el proyecto de ley de rectificación; al igual que habrá reído ella cuando él irrumpió cual humalista embravecido en el Congreso que entonces ella presidía, para defender el Gabinete al que Alan García —padrino de la bronca— ya había bajado el dedo.
De ningún modo creo que Del Castillo haya reído con el golpe que para Cabanillas significaron las muertes de Bagua, pues ese drama está por encima de su rencilla, así como el aporte que ambos hacen a la gobernabilidad está por encima de sus defectos, pero sí que rio cuando ella tuvo que cargar con el escándalo de Mantilla y el tribuno Javier Ríos Castillo en el restaurante Fiesta y él, para ponérsela más difícil, se adelantó en plantear una salida política al entuerto. ¡La pica que delató Meche cuando tuvo que hablar después de él!
No se puede entender a Meche sin Del Castillo ni al Apra sin este par de agresiva y componedor. La primera acaba de dominar la coyuntura con su estilo, pero ya llega el turno de mejores modales.
EL COMERCIO
Por: Fernando Vivas Periodista
Llegué a creer que la bronca entre Meche Cabanillas y Jorge del Castillo era una leyenda urbana que ambos, sometidos a la voluntad popular, no querían desairar con un no rotundo ni confirmar de plano quitándole el encanto de lo ambiguo. Por eso, cada que Meche dice que no pero sí alucina al “Tío George”, este, maestro del mensaje entrelíneas, le corresponde negando a medias el desafecto.
Sin embargo, hay demasiados episodios que confirman que detrás de este vals criollo de mutua hipocresía, sí hay una pelea auténtica entre dos formas de (mal) entender la política: En una esquina, la aprista extrema que brega y complota con cualquier arma a su alcance para que su partido y su fe evangélica no retrocedan ni un centímetro, sin temer que oposición y opinión pública la lapiden en el intento. En la otra esquina, está el negociador con todo grupo de poder económico y bombero de incendios sociales, cuya ubicuidad lo llevó hasta a meter sus narices en medio de un “lobby” que fue un “faenón” y, recientemente, a aspirar las toxinas de la negra chimenea de Doe Run.
El último “death match” de estas “celebrities”, Meche sin ensueños versus el afable “Tío George”, se dio algunos días atrás cuando ambos se disputaron la cabeza de la Comisión de Constitución, allí donde se visan las propuestas legislativas más sensibles. Ganó Meche pero hoy Del Castillo estará riendo con las portadas que arremeten contra ella y hasta le ponen boina chavista por su iniciativa de debatir el proyecto de ley de rectificación; al igual que habrá reído ella cuando él irrumpió cual humalista embravecido en el Congreso que entonces ella presidía, para defender el Gabinete al que Alan García —padrino de la bronca— ya había bajado el dedo.
De ningún modo creo que Del Castillo haya reído con el golpe que para Cabanillas significaron las muertes de Bagua, pues ese drama está por encima de su rencilla, así como el aporte que ambos hacen a la gobernabilidad está por encima de sus defectos, pero sí que rio cuando ella tuvo que cargar con el escándalo de Mantilla y el tribuno Javier Ríos Castillo en el restaurante Fiesta y él, para ponérsela más difícil, se adelantó en plantear una salida política al entuerto. ¡La pica que delató Meche cuando tuvo que hablar después de él!
No se puede entender a Meche sin Del Castillo ni al Apra sin este par de agresiva y componedor. La primera acaba de dominar la coyuntura con su estilo, pero ya llega el turno de mejores modales.
EL COMERCIO




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