Uri Ben Schmuel
uribs@larazon.com.pe
Aunque ayer mismo, apenas se conoció la noticia, ya había quienes fruncían el ceño y se mostraban escépticos, nos parece altamente dudoso que lo ocurrido con Edwin Donayre sea un ardid publicitario. Primero y principal, no imaginamos a un general del honorable Ejército peruano urdiendo un truco de esta magnitud. Y segundo, por cuestiones prácticas. Nadie en su sano juicio –y Donayre no es un orate– tramaría algo así, que necesariamente pasará por una investigación policial y hasta judicial. Porque si se descubriera que se trató de un montaje, significaría el fin de la hasta ahora promisoria carrera política del oficial en retiro. Difícil arriesgar eso por quince minutos de protagonismo en los medios. Menos por parte de quien, con sus siempre polémicas declaraciones, por derecho propio se gana su lugar en las primeras planas.
Según una pesquisa, suponemos que preliminar, de la Octava Dirección Territorial de la Policía Nacional, se trató de “una falla en el mecanismo del vehículo”. Pero el general Donayre afirma que colocaron una carga de dinamita debajo de un asiento de la camioneta. Difícil que un militar no reconozca o confunda ese olor peculiar. De modo que la primera pregunta que nos viene a la mente es cuántos vehículos despiden aromas a explosivo por fallas mecánicas. Creemos que se impone una investigación más exhaustiva.
La segunda pregunta, por supuesto, es a quién le interesaría asesinar a un ex comandante general del Ejército Peruano. Por la modalidad, es improbable que sean senderistas. Rivales políticos, mucho menos. En el Perú, durante las campañas electorales, se trata de eliminar a los adversarios moralmente. Para qué derramar sangre si bastan algunos sicarios mediáticos y spin doctors que pueden echar barro por toneladas (recuérdese el amago de guerra sucia contra Keiko Fujimori, abortado por una denuncia de este diario).
¿Podrían, entonces, ser agentes extranjeros? En la región hay vecinos con antecedentes en este tipo de operaciones. De ello pueden dar fe los deudos de Orlando Letelier, asesinado en Washington el 21 de septiembre de 1976, mediante una bomba activada por control remoto, que se encontraba colocada debajo del suelo del automóvil en que se desplazaba.
En fin, ninguna hipótesis debería descartarse de plano. Menos cuando el blanco del atentado ha hecho del tema de la seguridad y soberanía nacional una de sus principales y más firmes banderas. Insistimos: debe investigarse a fondo quién estaría feliz si Edwin Donayre sale del escenario en un cajón o en una bolsa de plástico.
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LA RAZON
uribs@larazon.com.pe
Aunque ayer mismo, apenas se conoció la noticia, ya había quienes fruncían el ceño y se mostraban escépticos, nos parece altamente dudoso que lo ocurrido con Edwin Donayre sea un ardid publicitario. Primero y principal, no imaginamos a un general del honorable Ejército peruano urdiendo un truco de esta magnitud. Y segundo, por cuestiones prácticas. Nadie en su sano juicio –y Donayre no es un orate– tramaría algo así, que necesariamente pasará por una investigación policial y hasta judicial. Porque si se descubriera que se trató de un montaje, significaría el fin de la hasta ahora promisoria carrera política del oficial en retiro. Difícil arriesgar eso por quince minutos de protagonismo en los medios. Menos por parte de quien, con sus siempre polémicas declaraciones, por derecho propio se gana su lugar en las primeras planas.
Según una pesquisa, suponemos que preliminar, de la Octava Dirección Territorial de la Policía Nacional, se trató de “una falla en el mecanismo del vehículo”. Pero el general Donayre afirma que colocaron una carga de dinamita debajo de un asiento de la camioneta. Difícil que un militar no reconozca o confunda ese olor peculiar. De modo que la primera pregunta que nos viene a la mente es cuántos vehículos despiden aromas a explosivo por fallas mecánicas. Creemos que se impone una investigación más exhaustiva.
La segunda pregunta, por supuesto, es a quién le interesaría asesinar a un ex comandante general del Ejército Peruano. Por la modalidad, es improbable que sean senderistas. Rivales políticos, mucho menos. En el Perú, durante las campañas electorales, se trata de eliminar a los adversarios moralmente. Para qué derramar sangre si bastan algunos sicarios mediáticos y spin doctors que pueden echar barro por toneladas (recuérdese el amago de guerra sucia contra Keiko Fujimori, abortado por una denuncia de este diario).
¿Podrían, entonces, ser agentes extranjeros? En la región hay vecinos con antecedentes en este tipo de operaciones. De ello pueden dar fe los deudos de Orlando Letelier, asesinado en Washington el 21 de septiembre de 1976, mediante una bomba activada por control remoto, que se encontraba colocada debajo del suelo del automóvil en que se desplazaba.
En fin, ninguna hipótesis debería descartarse de plano. Menos cuando el blanco del atentado ha hecho del tema de la seguridad y soberanía nacional una de sus principales y más firmes banderas. Insistimos: debe investigarse a fondo quién estaría feliz si Edwin Donayre sale del escenario en un cajón o en una bolsa de plástico.
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