Por: Mirko Lauer
Un diario local hace notar que uno de cada cinco congresistas ha estado envuelto en algún tipo de escándalo desde el 2006. El tema no es novedoso, y las explicaciones son conocidas. Entre ellas: falta de partidos, falta de criterio de los que eligen, efecto de un súbito acceso al poder, espíritu de cuerpo mal entendido.
En su esencia los argumentos sobre la conducta en torno del hemiciclo se reducen a dos: a. los congresistas son iguales a todos los demás peruanos, solo que están bajo reflectores más potentes, y b. los congresistas llegan al Congreso como todos los demás peruanos, y es su nuevo status el que los vuelve escandalosos.
Quienes siguen el primer argumento en el fondo reclaman un proceso político (mejores partidos, vallas más exigentes, mejores electores) que se encargue de seleccionar personas relativamente inmunes a las debilidades de sus conciudadanos. Recordemos que en una encuesta PUCP-IOP 59% de limeños consideró a los peruanos poco honestos.
El segundo argumento apunta más bien a la cultura del gremio, al sugerir que existe una manera convencional de ser político que se aprende e interioriza apenas uno entra en contacto con ella. Aquí una idea subyacente es la de la mutación del candidato, y la consiguiente traición a los deseos de los electores.
¿Existe alguna diferencia entre que la persona llegue proclive al escándalo y que la persona recién se convierta en proclive a él a su llegada? En el primer caso tenemos a una persona que se resiste a cambiar, es decir a asumir la seriedad de su papel. En el segundo hay una persona que ha cambiado, para mal de todos.
En verdad se dan los dos casos, más todas las explicaciones del primer párrafo. Los 120 no han sido cortados por la misma tijera, y sus escándalos son variados: desde la payasada inocua hasta el delito premeditado. Lo cual aboga más bien a favor del primer argumento: son, como todos nosotros, hijos del sistema social, educativo y mediático.
Reflectores más potentes, como en el primer argumento, también significa que el congresista está bajo la mirada de todos quienes por diversos motivos, sobre todo ideológicos, no simpatizan por él, es decir casi todos. Motivo de más para que el congresista que no es necio pula su conducta, o por lo menos redoble su cautela.
En cuanto al segundo argumento, quizás una autopercepción menos engolada y pomposa (mobiliario, estilo, procedimientos, todo más o menos del siglo XIX) por parte de la institución parlamentaria reduciría en algo el súbito soroche existencial de hombres y mujeres comunes que llegan al Congreso, si ese es el problema.
LA REPUBLICA
Un diario local hace notar que uno de cada cinco congresistas ha estado envuelto en algún tipo de escándalo desde el 2006. El tema no es novedoso, y las explicaciones son conocidas. Entre ellas: falta de partidos, falta de criterio de los que eligen, efecto de un súbito acceso al poder, espíritu de cuerpo mal entendido.
En su esencia los argumentos sobre la conducta en torno del hemiciclo se reducen a dos: a. los congresistas son iguales a todos los demás peruanos, solo que están bajo reflectores más potentes, y b. los congresistas llegan al Congreso como todos los demás peruanos, y es su nuevo status el que los vuelve escandalosos.
Quienes siguen el primer argumento en el fondo reclaman un proceso político (mejores partidos, vallas más exigentes, mejores electores) que se encargue de seleccionar personas relativamente inmunes a las debilidades de sus conciudadanos. Recordemos que en una encuesta PUCP-IOP 59% de limeños consideró a los peruanos poco honestos.
El segundo argumento apunta más bien a la cultura del gremio, al sugerir que existe una manera convencional de ser político que se aprende e interioriza apenas uno entra en contacto con ella. Aquí una idea subyacente es la de la mutación del candidato, y la consiguiente traición a los deseos de los electores.
¿Existe alguna diferencia entre que la persona llegue proclive al escándalo y que la persona recién se convierta en proclive a él a su llegada? En el primer caso tenemos a una persona que se resiste a cambiar, es decir a asumir la seriedad de su papel. En el segundo hay una persona que ha cambiado, para mal de todos.
En verdad se dan los dos casos, más todas las explicaciones del primer párrafo. Los 120 no han sido cortados por la misma tijera, y sus escándalos son variados: desde la payasada inocua hasta el delito premeditado. Lo cual aboga más bien a favor del primer argumento: son, como todos nosotros, hijos del sistema social, educativo y mediático.
Reflectores más potentes, como en el primer argumento, también significa que el congresista está bajo la mirada de todos quienes por diversos motivos, sobre todo ideológicos, no simpatizan por él, es decir casi todos. Motivo de más para que el congresista que no es necio pula su conducta, o por lo menos redoble su cautela.
En cuanto al segundo argumento, quizás una autopercepción menos engolada y pomposa (mobiliario, estilo, procedimientos, todo más o menos del siglo XIX) por parte de la institución parlamentaria reduciría en algo el súbito soroche existencial de hombres y mujeres comunes que llegan al Congreso, si ese es el problema.
LA REPUBLICA




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