14.9.09

Meras palabras

Por: Richard Webb

En 1966 asistí a una reunión en Chimbote organizada por monseñor Luis Bambarén. Acudieron sacerdotes, hermanos, religiosas y algunos dirigentes de barriada. Sí, de barriada, porque así se llamaban en esos días.

Dos sacerdotes, un chileno y otro peruano, se turnaron para exponer sobre los males de la sociedad —el hambre, la desigualdad, las malas condiciones de vivienda y la falta de trabajo—, así como para explicar sus causas, que siempre resultaban ser el capitalismo.

Cuando terminaba la exposición, la asistencia se dividía en grupos y cada uno debatía la ponencia. Luego se reunía otra vez el plenario y, uno por uno, cada grupo leía sus conclusiones.

Todos estaban de acuerdo con el argumento del sacerdote. Me impresionaron mucho las simpáticas monjas, vestidas en hábitos multicolores como las de las azafatas de la aerolínea Braniff de esos días. Escuchaban las exposiciones con caras serias, pero era evidente su falta de preparación para los temas en debate, cosa que no las impedía sumarse a las votaciones.

Cuando uno de los sacerdotes hablaba en forma pesimista de las terribles condiciones de vida en las barriadas, un joven dirigente levantó la mano.

Con respeto, pero también con convicción, explicó que ellos, los de las barriadas, no compartían esa visión de sus barrios.

Donde vivían no eran barriadas, sino pueblos jóvenes, dijo. Eran pueblos y vidas que ellos estaban construyendo, y donde estaban logrando muchos avances. Luego de un breve silencio, la reunión prosiguió como si no hubiera hablado el dirigente.

Fue la primera vez que escuché el término pueblo joven. Desconozco quién lo inventó, pero aún se usaba el término barriada, como lo evidencia la obra “Urbanización y barriadas en América del Sur” de José Matos Mar, publicada en 1968.

Pero, poco después, el gobierno de Juan Velasco creó una oficina de pueblos jóvenes. Yo nunca olvido la impresión que me causó la nueva frase por el evidente orgullo del aquel dirigente y por la filosofía positiva del “sí puedo” que transmitió cuando se la escuché por primera vez.
Cuando queremos cambiar al mundo, lo primero que hacemos es rebautizarlo.

Otro cambio semántico del gobierno de Velasco fue convertir el Día del Indígena en el Día del Campesino, pero hoy hay quienes buscan reivindicar el concepto racista del nativo.

Igualmente, el informal de ayer es hoy un microempre-sario.

De la palabra surge el nuevo mundo, como nos dice el Evangelio de San Juan.


EL COMERCIO

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